Retratos · Parque de Monsefú
Mujer con alforja

Mujer de pie lleva al hombro una alforja blanca con bordados de colores
LA ALFORJA, LA CARTERA DE NUESTRAS ABUELAS
- Colección
- Retratos
- Lugar
- Parque de Monsefú
Hay fotografías que parecen sencillas, pero cuando uno conoce la historia que guardan, adquieren otro valor. Esta imagen nos presenta a una mujer de aproximadamente 80 años, sosteniendo con orgullo una alforja, uno de aquellos objetos que acompañaron durante décadas la vida cotidiana de las mujeres de Monsefú.
Para su época, la alforja era como llevar hoy una cartera. En ella cabía buena parte de la vida diaria: el dinero, las compras del mercado y aquello que se necesitaba transportar de un lugar a otro. También servía para llevar los productos de la cosecha del esposo, convirtiéndose en una compañera inseparable de las labores del hogar y del campo.
Había además una manera muy particular de guardar el dinero. Muchas mujeres llevaban sus monedas y billetes atados dentro de un pequeño pañuelo, cuidadosamente guardado en la alforja. No existían billeteras sofisticadas ni bolsas modernas; existía la confianza en las manos, en el tejido y en ese pequeño pañuelo que protegía los ahorros de la familia.
Pero las alforjas no eran todas iguales.
Las más apreciadas eran las labradas, aquellas que exigían mayor trabajo, dedicación y conocimiento artesanal. Eran piezas elaboradas con paciencia, donde cada diseño, cada color y cada tejido hablaban de la habilidad de quien las había confeccionado.
Y hacer una buena alforja requería tiempo. Tejidas en tres uños, por su complejidad y del cuidado dedicado a cada detalle. Por eso no eran simplemente objetos para transportar cosas: eran verdaderas piezas artesanales, elaboradas para durar y, muchas veces, para pasar de una generación a otra.
Aquellas mujeres las llevaban con orgullo.
La alforja acompañaba a la mujer al mercado, a las ventas, a las faenas y a los caminos de la vida cotidiana. Era práctica, resistente y, al mismo tiempo, una expresión de identidad.
Hoy, cuando vemos a esta dama posar con su alforja, podemos imaginar todo lo que pudo haber recorrido aquel tejido: mercados, cosechas, caminos, compras, encuentros y conversaciones. Quizás dentro de ella viajaron alimentos, monedas, productos del campo y pequeños secretos familiares.
La fotografía conserva ahora aquello que el tiempo quiso llevarse.
Porque una alforja no era solamente una cartera.
Era la compañera de nuestras abuelas, el fruto de las manos de nuestras artesanas y una pequeña memoria tejida que caminaba junto a ellas.
Y cuando aquella mujer la sostiene frente a la cámara, no está mostrando simplemente un objeto antiguo.
Está sosteniendo una parte de Monsefú.

