En el año 2009, durante una visita de entrevista y trabajo de campo en Monsefú, llegué hasta el encuentro de Goyita Ruperta, artesana y depositaria de uno de esos saberes que sobreviven gracias a la paciencia de las manos y a la memoria transmitida en generación.
La recuerdo especialmente por su sonrisa. Me recibió con una cercanía que aún permanece en mi memoria y, entre conversaciones, historias y recuerdos, compartimos un momento que con el paso de los años ha adquirido un significado mucho más profundo. No era solamente una entrevista: era el encuentro con una mujer que llevaba consigo parte de la historia artesanal de nuestro pueblo.
En la fotografía, Goyita Ruperta posa junto a un urdime, preparado para la elaboración de una alforja. La imagen conserva un instante del proceso artesanal, pero también guarda algo más difícil de explicar: la relación entre la artesana y su oficio. Allí están sus manos, su conocimiento y la experiencia acumulada durante una vida dedicada a preservar una tradición.
La alforja, nacida del tejido y de la paciencia, no era únicamente un objeto. En ella se encontraba el tiempo de quien prepara los hilos, ordena el urdimbre y da forma, poco a poco, a una pieza que lleva consigo la identidad de un pueblo. Artesanas como Goyita fueron guardianas silenciosas de esos conocimientos que rara vez aparecen en los grandes relatos, pero que sostienen la memoria cultural de Monsefú.
Hace poco, Goyita Ruperta partió. Sus últimos años estuvieron marcados por una salud muy delicada y por la pérdida de la vista. Sin embargo, prefiero recordarla como la encontré aquel día de 2009: sonriente, amable y generosa, compartiendo conmigo sus historias y recibiéndome con un cariño que jamás olvidaré.
Hoy, al volver a mirar esta fotografía, siento que su valor ha crecido con el tiempo. Ya no es solamente el registro de una artesana junto a un urdime. Es la presencia de una mujer que ya no está físicamente entre nosotros, pero cuya imagen continúa hablándonos de su vida, de su trabajo y de aquel afecto sincero que nació en nuestros encuentros.
La recuerdo por el cariño y el aprecio que siempre me tuvo. Y quizás esa sea también una de las razones por las que esta fotografía significa tanto para mí: porque detrás de la imagen no solamente existe una artesana y su oficio, sino una amistad, una sonrisa y una historia compartida.
Goyita Ruperta ya no puede ver este retrato. Pero gracias a la memoria, nosotros todavía podemos verla: junto a su urdime, entre los hilos de una tradición, sonriendo para que el tiempo no consiga llevársela del todo.
Atte, Carlos Ayasta – Monsefuanos por el Mundo